Posteado por: pcmf | julio 17, 2011

Modernidad,Dios y decadencia.

André Lhote

Soy originario de una época en que la totalidad de la juventud ha perdido la fe en Dios, por la misma razón que  sus mayores la conservan aún: sin saber por qué.  El hombre desarrolla habitualmente un deseo de crítica porque siente, y no porque cavile.

 La masa de los jóvenes ha escogido a la modernidad como substituto de Dios. Pertenezco, no obstante, a ese género de personas, que viven perpetuamente al costado, de aquello que les afecta, no percibiendo sólo la masa de la que forman parte, sino también los magnos lugares que hay al lado.

  Por eso no he abandonado a Dios tan ampliamente como ellos ni he aceptado nunca a la modernidad. Considero que Dios, siendo quimérico, podría ser; logrando, pues, ser venerado; pero que la modernidad, siendo una sola imagen orgánica, y no simbolizando más que al tosco género humano, no es más merecedora de devoción que cualquier otra imagen orgánica.

 Este culto de la modernidad, con sus ceremonias de Liberación e Uniformidad, me ha parecido siempre un regreso de los ritos rancios, en que los torpes eran como salvadores, o los salvadores tenían rancias torpezas. Así, no sabiendo entender a Dios, y no pudiendo entender esta suma de torpezas, he permanecido, como otros del lado de las masas, en esa avenida  única  que usualmente se apellida  Decadencia.

 La Decadencia es la merma total de la ignorancia; porque la ignorancia es el cimiento de la subsistencia. El espíritu, si supiese recapacitar, alejaría a quien como yo, así, existiendo no sabe gozar de la existencia.

 No sabiendo lo que es la sustancia devota, ni pudiendo saberlo, porque no se tiene certeza con la conciencia; no pudiendo tener fe en la abstracción del hombre, ni sabiendo siquiera qué hacer de ella,  subsiste, como impulso contener el espíritu, la mirada artística de la vida.

 Y, así, extraños a la ceremonia de mundos indivisibles, impasibles a lo omnipotente y desdeñosos de lo moderno, nos prodigamos sutilmente en la alucinación sin propósito, sembrada con un decadentismo blandido, como encaja a nuestros ímpetus mentales.

                                                                                                                           R. L ” Pensamientos epicureos”


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