Posteado por: pcmf | julio 20, 2011

Votar en el siglo XXI.

Existe cada vez una mayor convicción  de que estamos viviendo un nuevo periodo. El poder observa con preocupación como la época en que controlaba fácilmente la manera en que nos hacía llegar la información ha terminado.

 La verdad objetiva y analítica ha desaparecido de nuestros horizontes y  los gobiernos no han hallado todavía la forma de dominar esa nueva conciencia colectiva que está surgiendo.

 Un ejemplo de esta situación novedosa nos lo ofrecen los movimientos de protesta surgidos en diferentes lugares del planeta ante la crisis no solo económica sino de valores políticos en la que estamos sumergidos.

 Hasta hace poco tiempo el poder buscaba por medio de sistemas tradicionales como las encuestas respuestas que les sirviesen para asentar las bases de su dominio con el ya sabido “es lo que quiere el pueblo”. En este sentido la encuesta servía para marcar los caminos a seguir en aras no de la búsqueda del bienestar general sino de la permanencia “ad infinitum” del sistema. Esto se conseguía mediante la sutil orientación de las preguntas a realizar a los encuestados. Así se sabía cuales eran las preocupaciones de la población y que había que hacer supuestamente para satisfacerlas en la encuesta decisiva, las elecciones.

 Pero la accesibilidad del desarrollo tecnológico a una mayor cantidad de personas en las sociedades industriales ha traído consigo una nueva relación del poder con sus gobernados. Mientras los gobiernos discurseaban con grandiosidad sobre la comodidad que los avances tecnológicos traerían, pensando que estaban bajo su dominio, alimentaban sin saberlo el ocaso de esta autoridad tradicional.

 Han sembrado en los ciudadanos el beneficio de la duda. Las televisiones, radios y periódicos no son ya las principales vías de obtención de información. Las redes sociales, el correo electrónico, los mensajes de móvil, son el nuevo boca a boca.

Esto es muy importante. Hasta ahora el ciudadano cuando iba a votar llevaba la seguridad de que su papeleta traía asentada una convicción madurada tanto en el análisis de las diferentes opciones o en la tradición cultural y familiar heredada. El voto era una especie de ceremonia donde uno exhibía con mayor o menor rubor sus preferencias.

 Pero ahora esta seguridad ha desaparecido y cuando nos dirigimos a votar es el escepticismo la mayor fuerza política. La gente se ve tan asediada con informaciones contradictorias que en muchos casos deja su decisión a un arbitrio donde la suerte o cualquier otro factor ajeno al proceso en sí  satisfacen el sentido del voto. De esta forma los partidos políticos se ven presos en este nuevo modelo social-tecnológico y las estrategias electorales pueden considerarse erróneas minutos después de haberse planteado. Obligando a los políticos a moverse en continuas políticas de rectificación.

 Naturalmente todo ello aporta una considerable disminución en la calidad de la democracia que disfrutamos. Es la conclusión que las élites consideran lógica. Por ello enarbolan la bandera del peligro destructivo que puede tener para la democracia tal actitud. Pero una visión optimista del asunto implica que la humanidad ha recuperado cierta autogestión de sus decisiones que puede llevar a una transformación en las maneras de entender estas relaciones sociales y políticas.


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