Posteado por: pcmf | agosto 24, 2011

Atrapar el viento.

“Pensar es comparar” A Malraux.

 El filósofo J. Krishnamurti solía decir en sus numerosas conferencias que ser creador era estar libre del pasado, de instante en instante. Con ello pretendía observar que la obsesión por las nociones de pasado y futuro carecía de importancia ante la necesidad de alcanzar cierto grado en el conocimiento de uno mismo.

 El siglo XXI en su vertiginoso comenzar ha coronado al instante como principio básico de expresión. Pero no en el sentido que señalaba krishnamurti de liberación sino de esclavitud. Los humanos vivimos anclados en una constante renovación del momento. Todo ocurre demasiado rápido. No hay lugar a la transición y el pensamiento reflexivo es considerado reaccionario. Todo ha de ser respondido de inmediato, la duda como método ha dejado de existir transformada en fe o desconfianza.

 Existe un nuevo principio contradictorio en su esencia y desasosegante en sus resultados. La convicción en la incertidumbre, la cual nos convierte en seres suspicaces. Cualquier persona o idea es marcada con la sombra de la sospecha. Sufrimos un exceso de estar “de vuelta de todo” que como decía el poeta es la mejor forma de no ir a ningún sitio.

 Naturalmente este proceso no ha surgido de manera inmediata sino que posee una génesis y evolución natural. Basada fundamentalmente en el concepto de la deslocalización. En los últimos dos siglos hemos asistido a una diáspora geográfica, económica e ideológica difícil de asimilar sobre todo en Occidente.

 La economía entendida como conjunto de bienes y actividades que integran la riqueza de una comunidad o un individuo” en sus diferentes manifestaciones en busca del estado del bienestar, ha sido sustituida por una riqueza virtual donde el bien adquirido solo aparece en el momento que es intercambiado por otro y su posesión solo se justifica si rápidamente es vendido. Creando una sensación de inseguridad ante el Leviatán capitalista que cada vez exige más y más.

 Este ambiente arrastra tanto a los individuos como a los estados obligados a enajenar gran parte de la soberanía que los ciudadanos han cedido a estos últimos para alimentar a la bestia. Generando sentimientos de frustración en la mayoría de la población. Pues las recetas ideológicas que se aplican a este escenario carecen de efectividad y suelen ser hermanas gemelas de la mediocridad. Por ello cuando tratamos de asirnos a un punto concreto del cual partir nos vemos intentando atrapar el viento.

 Todo parece esfumarse, la soberanía, las fronteras, las ideas, los lugares y hasta la propia existencia puede ser cuestionada. Ese perpetuo instante en que vivimos recuerda el suplicio de Tántalo y es casi imposible vencer a los dioses. Hasta ellos mismos parecen haberse rendido. Por tanto quizás la única acción viable sea cambiar no solo las reglas del juego sino el juego mismo que será la única forma de poder decidir si queremos incertidumbres o certezas.


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