Posteado por: pcmf | noviembre 30, 2014

El mito de la periferia.

Tres son las líneas a destacar en las preocupaciones de Magris en sus libros. El totalitarismo, la identidad y el uso de la violencia y el fascismo. Pero emplea la ironía como contrapeso de las utopías con pretensión de absoluto.

En las influencias vitales de Magris destacan dos nombres I. B. Singer e Italo Svevo. Con respecto al segundo se le atribuye la profundidad con la que Svevo describe al hombre moderno. Aquel que no solo no es capaz de alcanzar la felicidad sino que se muestra incapaz de desearla.

De esta manera la utopía se encadena al desencanto. Huyendo de la opresora búsqueda de la totalidad. Pues como decía Ibsen vivir es un acto de megalomanía. Hay que huir de las imposiciones.

En sus escritos sobre el mito de los Habsburgo destaca el interés por las relaciones entre centro y periferia. Observa Magris que la tecnología ha producido un cambio en las relaciones entre ellas. Disminuyendo las diferencias.

Por tanto la frontera que surge como expresión de esos contactos debe entenderse  como puente o unión y no como espacio de diferencias física, histórica o de mentalidades. Debe unirse o rebelarse ante el sentido del viaje. Ser entendida como  “Un continuo preámbulo, un preludio de lo porvenir”. Detenerse y partir. Hacer y deshacer, permanecer e ir. Continuo recomenzar que trata de aplazar la muerte.

Descubrir que hay al otro lado de la frontera. Donde como escribía Coetzee solo queda esperar a los barbaros. Pues concluye ese estar en suspenso que indica el viaje. Se diluye el pasado y se funde un continuo presente. Existencia plena, comunión absoluta de la identidad.

Donde no es necesario el resultado de haber vivido ya para acceder a otra cosa. Nos acercamos otra vez a la muerte . Se necesita suspender el tiempo. abandonar el prolijo suceder de segundos, minutos, horas, que verifica nuestro fin.

La frontera y el viaje son sinónimo de lo extranjero, lo diferente, lo no cotidiano. posibilidad de convertirse en nadie y en todos a la vez. Pues modificamos el espacio a nuestro antojo. Desaparece la frontera entre el espacio y nosotros. Nos encontramos o nos perdemos definitivamente. Hablamos de esa patria natal, la infancia, el recuerdo fruto de la escisión imaginaria donde se resquebraja la relación entre individuo y totalidad. Esa separación puede ser violenta, circular o rectilínea. Como el viaje , desde Homero a Musil. Línea recta hacia el infinito donde identidad y sujeto se desvanecen.

Pero se vuelve a la frontera conclusión del viaje. Pero una frontera que no excluye sino que anhela necesidad de amor.  Último regreso hacia  la utopía y el desencanto. El viaje acaba con las certidumbres y la expectativas y refleja una continua perplejidad ante las posibilidades.


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