Posteado por: pcmf | enero 23, 2015

Musil y el amorfismo.


 

Cuando uno se enfrenta a la lectura de “El hombre sin atributos” observa que asiste a una pormenorizada descripción externa e interna de un mundo camino de su disolución tras un largo periodo de corrupción.

Se vislumbra por tanto en sus páginas toda una cosmovisión histórica que enlaza la quiebra del individuo y su totalidad. Lo que Claudio Magris llama el desvanecimiento entre identidad y sujeto.

La evaporación de esta relación surge por un lado de la inactualidad del método cartesiano. Por otro de las continuas refutaciones que la sociología, la filosofía o el psicoanálisis han proclamado contra el sujeto. No pretendemos visitar la trinchera que autores como Mario Bunge defienden acerca del carácter de pseudociencia del psicoanálisis y otras disciplinas  para anular sus aportaciones al estudio de la identidad, sino presentar como las luchas metodológicas y conceptuales sobre qué es ciencia o no han modificado ciertas maneras de entender la Historia.

Volviendo a la crítica del método cartesiano, hay que advertir que esta se centra principalmente en la ausencia del análisis del lenguaje como vector principal en el proceso racional e identitario. Nietzsche entendía esta relación como “el compromiso momentáneo de una pluralidad de fuerzas contradictorias, resultado de la confrontación entre pulsiones internas e interiorizaciones de coacciones externas”. El yo sería entendido como una ficción gramatical.

Musil plantea una visión histórica que denomina Amorfismo humano. Que tendría una serie de características específicas más allá de la preocupación por el lenguaje y la construcción del ego.

Primero debe abandonarse la idea cartesiana de conciencia monológica. Es decir, una conciencia moral solitaria que se hace a sí misma. En segundo lugar Musil aborda una concepción de cultura, en la que no aprecia ni transformaciones antropológicas ni diferencias biológicas que vayan adheridas a esa idea.

Para los defensores del argumento contrario Musil explica que las diferencias que observamos son resultado de formas empíricas y contingentes de organización social y no productos ahistóricos. “El hombre cambia sin cambiarse”.

Todo ello explicaría lo siguiente. La continuidad histórica si bien es resultado de una concepción de verdad independiente del contexto cultural, esta es una sustancia amorfa. Por lo que queda explicada la variabilidad moral no solo de las sociedades sino de los individuos.

Esta variabildad moral fue estudiada por H. Arendt en su “ Eichmann en Jerusalem “ donde diferenció en el nazismo el comportamiento del individuo en soledad y su diferencia con la masa.

Las consecuencias del amorfismo humano señalarían como la tradicional concepción de la identidad que separaba al hombre medio del genio, se diluiría en el anonimato.

Ya Heidegger planteó algo semejante en su “Ser y Tiempo”. Donde la dominación constante de la vida social por parte del reino de lo impersonal sería el resultado. Vemos, queremos y sentimos como hay que ver, querer o sentir.

De esta manera el ego comienza a diluirse en las instituciones. Donde el heroísmo o la tragedia solo pueden ser mínimos. Es el fin del hombre como producto o destino. Solo se es en situación.

Musil enfocó en esta acabada cosmovisión de la Historia, la pregunta que muchos planteamientos posteriores  han olvidado, sino en la teoría  en la praxis diaria. ¿Qué es el sujeto histórico? ¿Las masas enardecidas del materialismo histórico o la genialidad individual de los hombres prestos al golpe de mano salvador? ¿ En qué punto nos encontramos?


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