Posteado por: pcmf | enero 27, 2015

Inseguridades.

Tres son las posturas asumibles cuando se plantean las características que deben ir acompañadas al oficio de enseñar. Todas van seguidas de un principio irrenunciable. la inseguridad.

No es verosímil ni tampoco eficaz enfrentarse a la tarea docente y exigir atención o reflexiones sin que uno trate de esbozar siquiera los meandros del proceso intelectual.

La primera de estas posiciones tiene que ver con el sentido de la legitimidad educativa. ¿ Hasta qué punto está uno autorizado o tiene imperio para poder trasmitir conocimientos?

Legitimo en su primera acepción se refiere a lo que es conforme a las normas. Por tanto no tiene porqué identificarse con la justicia. El debate entre la norma y lo justo no afecta solo a la filosofía del derecho o la ciencia política sino que debe entrar dentro de cualquier discusión que ataña a la sociedad de la que se forma parte.

Por tanto el profesor debe verse inmerso en la frontera que trazan los débiles equilibrios entre idoneidad, moral y ética individual. ¿ Afrontamos siempre este obstáculo?

El segundo enfoque tiene declaradas afinidades con la primera toma de posición. Si entendemos que la duda sobre la legitimidad del docente debe ser replanteada, de inmediato a que se responda, hay que hacer despertar lo que G Steiner llama las “verdades subyacentes”, que suelen quedar subestimadas en beneficio de un positivismo erudito.

La tercera actitud a enunciar ataca al mismo centro estratégico de la profesión. ¿ Cual es el papel del profesor? A  toda definición de la misma le sobra ambigüedad y opacidad. Los modelos docentes albergan un amplio surtido de elementos a tener en cuenta. Desde el profesor que navega entre la costumbre de los hábitos adquiridos rutinariamente hasta la iluminada inclinación al oficio.

¿ Pero donde encontramos un modelo que pueda aunar en su formulación una visión científica y emocional? No se trata de entrar a valorar las corrientes de pensamiento que defienden la necesidad de un nuevo paradigma científico que incluya lo que San Buenaventura llamaba los tres ojos del conocimiento. La carne, la mente y el espíritu. Pero si establecer la importancia de una revisión que tenga en cuenta estos aspectos.

Todo lo anteriormente escrito puede reclamar su origen en la multiplicidad de las enseñanzas actuales ,en las cuales la épica de la comunicación, hacer llegar lo que no se comprende, se disuelve en una abundancia de saberes. Donde el discurso hegemónico que se establece como resultado de las relaciones de poder, ya fue denunciado por Foucault  preocupado por la metamorfosis del lado oscuro de las cosas.

En una época en que el ocaso de las grandes construcciones ideológicas amenazan cualquier planteamiento teórico y  el  individualismo hedonista adquiere naturaleza de axioma totalizador ,sepultando la libertad surgida del conocimiento, una reflexión sobre el papel a asumir en esta nueva situación puede ser saludable.


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